La ruta del cebil por el oriente de la Sierra de Ancasti





La ruta del cebil: Religión y alucinógenos en los Andes del Sur.

The seeds of cebil were used over 4500 years ago in the Puna region of NW Argentina. Its use appears to have had a particularly profound effect upon the culture of Tiahuanaco (literally “dwelling of the god”).

La ruta del cebil partía de un extenso repositorio de arte rupestre que se derrama por el oriente de la Sierra de Ancasti, en la provincia argentina de Catamarca, enclavado en lo más denso del bosque de cebil (un alucinógenos milenario de los Andes del Sur). Las caravanas de llamas cruzaban los valles del centro y oeste de Catamarca y La Rioja, ascendiendo luego a la altiplanicie para arribar a los oasis puneños de Atacama, y aún a la costa del océano Pacífico, incluso hasta la lejana Copiapó, con su preciada mercadería mágico-religiosa.










PSYCHOACTIVE SUBSTANCES IN THE ARCHAEOLOGY OF NORTHERN CHILE AND NW ARGENTINA A COMPARATIVE REVIEW OF THE EVIDENCE



Un análisis comparativo del uso de plantas sicoactivas en el norte de Chile, especialmente San Pedro de Atacama y Loa medio y sus tributarios (Caspana, Toconce, Lasa�a, Chiu-Chiu) en relación al noroeste argentino, se presenta como una posible herramienta de dignóstico de cambios de los patrones de interacción entre ambas regiones. Este trabajo es una revisión de las evidencias de ingestión de plantas sicoactivas en el norte de Chile y noroeste argentino con énfasis en la cronología, iconografía y modos de ingestión. Las diferencias iconográficas y estilísticas, así como la divergencia cronológica, sugieren cambios en los patrones de interacción entre el norte de Chile y el noroeste argentino.

A comparative analysis of the use of psychoactive plants in northern Chile, specifically San Pedro de Atacama and the Middle Loa and its tributaries (Caspana, Toconce, Lasaña, Chiu-Chiu), with NW Argentina, asaproba-ble diagnostic tool of shifting patterns of interaction. This work presents a review of the evidence for the ingestión of psychoactive plants in northern Chile and NW Argentina with particular emphasis on chronology, iconography and modes of ingestión. The iconographic and stylistic differences, as well as the divergence in chronology, suggest shifts in patterns of interaction between northern Chile and NW Argentina.

SNUFF TRAY
wood & Turquoise
Huari Culture
500 – 800 A.D.





Religión y alucinógenos en el antiguo noroeste argentino


Nota publicada en la Revista “Ciencia Hoy”. Vol. 4 N° 22.

Durante el segundo viaje de Colón y según le fuera encomendado, Fray Ramón Pané, de la orden de San Jerónimo, dejó testimonio escrito de sus observaciones sobre las creencias religiosas de los habitantes autóctonos de la isla de Santo Domingo. En esta obra de 1498, primer libro redactado en el Nuevo Mundo en un idioma europeo, se hace la siguiente referencia al empleo de una planta de efectos alucinógenos, la cohoba, por parte de los indígenas del lugar: «Para purgarse toman cierto polvo, llamado cohoba, aspirándolo por la nariz, el cual les embriaga de tal modo que no saben lo que se hacen; y así dicen muchas cosas fuera de juicio, en las cuales afirman que hablan con los cemíes (ídolos)».

En la América indígena, el empleo de sustancias alucinógenas se presenta como una costumbre de profundo arraigo y antigüedad varias veces milenaria.

El continente americano es, por otra parte, el espacio geográfico donde se ha registrado la mayor diversidad de plantas que contienen principios psicoactivos. La utilización de más de ochenta vegetales capaces de producir efectos alucinógenos se relaciona con la farmacopea prehispánica, pero sobre todo, y de manera fundamental, con el mundo ideológico.

En efecto, las prácticas alucinatorias llevadas a cabo en las sociedades aborígenes americanas otorgan validez a las tradiciones, ratifican la cultura y vigorizan las creencias; a través de ellas, el mundo de los dioses se convierte en una realidad tangible.

Nuestras investigaciones se han centrado principalmente en el uso ritual de estos vegetales durante la época prehispánica en la región andina que coincide con el actual Noroeste argentino.

Desde épocas muy tempranas, los grupos indígenas de esa región participaban de una ideología común a todas las sociedades de los Andes del Sur. Esa ideología se estructuraba, fundamentalmente, en torno a un panteón celeste cuya deidad principal era el Sol, sobre todo en su aspecto matutino: el Punchao. En el pensamiento religioso de los Andes, el jaguar y la serpiente (a veces como saurio o pez) ocupaban un lugar de privilegio y tenían un papel protagónico, a la vez que estuvieron en estrecha relación con el culto solar.

En ese contexto -y al igual en otras regiones de América- hallamos que los vegetales alucinógenos fueron un elemento ceremonial de gran importancia, pues se constituyeron en el nexo privilegiado que vinculaba el mundo de los humanos con la esfera de los seres sagrados.

La isla Titicaca, en el lago del mismo nombre, era el centro de la geografía mítica de los Andes del Sur, pues se creía que había sido allí, sobre una gran roca, donde había brillado por primera vez el Sol.

Según un testimonio de comienzos del siglo XVII, la palabra aymará Titicaca quiere decir «peña donde anduvo el gato y dio gran resplandor (obsérvese muy particularmente la referencia a un felino)». Frente a la isla, en una península, estaba el adoratorio de Copacabana, un ídolo de piedra azul, mitad pez, mitad mujer, que los artistas indios representaron, durante la colonia, como la sirena de la mitología europea, pero que en épocas prehispánicas también podía aparecer como serpiente o lagarto. Observamos, entonces, que en el núcleo más denso del espacio sagrado de todos los Andes coinciden el Sol, el felino y la serpiente o saurio.

Cabe destacar aquí que, como consecuencia de su posición geográfica, el Noroeste fue un eje articulador de los intercambios de bienes materiales y simbólicos con las regiones vecinas situadas al occidente pues, además de abastecerlas de los vegetales psicotrópicos que crecían en sus bosques, difundió entre ellas el conocimiento y la experiencia -referidos al uso de las sustancias alucinógenas en el contexto religioso- que había acumulado a lo largo de su desarrollo histórico y en el contacto con las sociedades de las tierras bajas orientales.

A través de las evidencias arqueológicas es posible percibir cómo mediante la manipulación de las plantas alucinógenas, el Noroeste se constituyó en una formación histórico-social con personalidad propia. Esta, que tiñe profundamente el tejido social, se refleja en las más diversas manifestaciones a lo largo del desarrollo de la región.

Estudios de la naturaleza de los realizados por nosotros permiten abordar los vínculos entre áreas que difieren tanto en lo geográfico como desde el punto de vista cultural, pero cuyos procesos históricos se encuentran estrechamente ligados.

Es el caso de los contactos existentes entre las tierras altas del sistema montañoso andino y las llanuras del oriente, probablemente vinculadas por un complejo sistema de caravanas de llamas, que habría originado la que nos aventuramos a denominar «ruta del cebil».

Así cobra sentido la existencia de un extenso repositorio de arte rupestre enclavado en lo más denso del bosque de cebil (uno de los vegetales alucinógenos que aquí nos ocuparán), que se derrama por la ladera oriental de la Sierra de Ancasti, en la provincia argentina de Catamarca. Desde allí debieron partir las caravanas -una vez recolectadas las semillas alucinógenas- que recorrerían los valles del centro y oeste de las actuales Catamarca y La Rioja, ascendiendo luego a la altiplanicie para arribar a los oasis puneños de Atacama, y aún a la costa del océano Pacífico hasta la lejana Copiapó.

Pero no solamente se trajinaba con el cebil; también se trasladaban herramientas y objetos ceremoniales de bronce arsenical; adornos de oro y cobre; plumas, pájaros, pieles, plantas y maderas tropicales; piedras semipreciosas, conchas y caracoles; lanas, tejidos y tubérculos deshidratados; algas, pescados y mariscos secos. De esta manera, los circuitos cumplidos por caravanas en los Andes meridionales ponían en circulación una gama de productos, entre los que sobresalían los bienes suntuarios de alto valor simbólico, asociados a la consolidación de los señores locales.

Pero, por sobre todo, lo que importa destacar es que a la par de ir y venir de objetos palpables y concretos se trasladaban otros bienes invalorables: las ideas.

La información obtenida de las fuentes arqueológicas, etnográficas e históricas indica que tanto en el Noroeste argentino como en otras regiones próximas, los aborígenes consumían cebil, tabaco y coro, sustancias psicotrópicas derivadas de los géneros Anadenanthera, Nicotiana y Trichocline (véase «Plantas alucinógenas del Noroeste argentino»).

Todos estos vegetales fueron usados en contextos ceremoniales (aunque no exclusivamente en ellos) y sirvieron como vehículo para establecer contacto con lo sobrenatural. Paralelamente se los utilizó con propósitos terapéuticos.

El tabaco y el cebil presentan una distribución relativamente amplia y merecieron el interés de los cronistas europeos desde que se establecieron los primeros contactos. Por el contrario, la información sobre el coro es limitada, porque si bien hay tempranas menciones, se uso pasó casi inadvertido para los investigadores.

Por José Antonio Pérez Gollán e Inés Gordillo
Museo Etnográfico Universidad de Buenos Aires. CONICET
Nota publicada en la Revista “Ciencia Hoy”. Vol. 4 N° 22.
Secretaría de Ciencia y Técnica – UNL


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Los Inkas y el uso de Plantas Alucinógenas

Religión y Rituales - por Christian Vitry, Antropólogo -

Los Inkas utilizaron una considerable cantidad de sustancias con propiedades psicoactivas tanto para sus ceremonias rituales como para usos medicinales. Sin embargo, el empleo de este tipo de drogas naturales utilizadas por ellos tiene sus orígenes en las profundidades del tiempo. Estudios arqueológicos comprobaron que en las sociedades andinas el uso de plantas alucinógenas data del 2.000 a.C. aproximadamente, asimismo, gracias al complemento de los estudios etnográficos se sabe que la forma de consumo se manifestaba por vía oral, nasal, fumando en cigarros, pipas, consumiendo las plantas o partes éstas y a través de enemas.
En los Andes, los utensilios más frecuentes relacionados con esta actividad fueron confeccionados en cerámica, rocas o hueso, con formas de pipas, tubos inhaladores y tabletas. Por otra parte, existen algunas manifestaciones artísticas plasmadas en petroglifos y pinturas rupestres que algunos investigadores interpretan como motivos relacionados con el consumo de tales sustancias o bien que fueron realizadas bajo el efecto de éstas.
En el continente americano es donde se registró la mayor diversidad de vegetales con principios psicoactivos, lo que se traduce en casi un centenar de plantas alucinógenas que formaron parte importante del mundo ideológico antes de la llegada de los europeos.
El consumo de plantas con propiedades psicotrópicas fue muy común en el mundo prehispánico, al decir común no se debe confundir con masivo ni cotidiano, pues, por lo que se sabe, el contexto de dicha actividad estaba restringido al ámbito religioso y el consumo era privativo de especialistas de una elite.

Los vegetales portadores de estas propiedades capaces de causar en las personas sensaciones extrañas, interpretadas en ese momento en relación con lo mágico y sobrenatural, fueron considerados sagrados y de gran importancia en la vida social y religiosa, como muchos elementos de la naturaleza. Si contextualizamos el mundo inka en particular y andino prehispánico en general veremos que iteractuaban en un universo donde lo natural y cultural formaban una unidad indisoluble, donde las montañas fueron apus o dioses con los cuales las personas se relacionaron a través de un diálogo diferido mediado por las ofrendas, un mundo en el cual se creía que las piedras tenían almas, los espíritus habitaban en los manantiales y donde la muerte de un niño podía restaurar el equilibrio del universo. Donde la tierra y el mar se manifestaban como deidades femeninas (Pachamama y Mamacocha), un mundo dinámico de objetos inanimados con vida y sentir.
En este contexto cultural una enfermedad era el resultado de la ruptura del equilibrio con las fuerzas sobrenaturales, materializadas en elementos de la naturaleza, y, el contacto con las deidades se podía realizar mejor bajo los efectos de ciertas plantas portadoras de misteriosos poderes.

Magia, enfermedad, vegetales, astros y otros elementos se vinculaban en el calendario inka durante el mes de septiembre, momento en el que se realizaba la fiesta del Coya Raimi (festejo de la reina o gran fiesta de la luna), en la cual se expulsaban las enfermedades. Comenta el cronista Felipe Guaman Poma de Ayala que el inka mandaba a los pueblos a hombres armados como para la guerra, quienes lanzaban fuego con sus hondas diciendo en voz alta “¡Salgan, enfermedades y pestilencias entre la gente y de este pueblo! ¡Déjanos!, mientras se rociaban todas las casas y calles con agua limpiándolas. Esta fiesta la hacían en toda la extensión del Tawantinsuyu, desde el sur de Colombia hasta el norte de Mendoza y Sur de Santiago de Chile.

Muchos investigadores del tema coinciden en que el uso de sustancias psicoactivas estaban relacionadas con ciertas enfermedades mentales, especialmente para el tratamiento de ciertos desórdenes depresivos que se manifestaban en personas de la elite inka, en familiares directos de los gobernantes, tal es el caso de la tercera Coya o Mama Cora Ocllo, esposa principal de Lloque Yupanqui Inca, quien sufría de esta enfermedad, dice Guamán Poma que ella comía muy poco, bebía mucha chicha y lloraba permanentemente. Se sabe también que Mayta Capac, el cuarto inka, era un hombre melancólico y de pocas luces.

En nuestra región existen numerosas plantas con tales propiedades que fueron usadas por las sociedades prehispánicas como por ejemplo el cebil, molle, tarco, palán palán y numerosas especies de hongos y cactáceas. De todas ellas la más emblemática es el cebil (Anadenanthera colubrina), árbol conocido también como Curupari, Curupau, Huilca, Wilka, Vilca o Villca. Las semillas del cebil se fumaban en el noroeste argentino hace ya 4.500 años. En San Pedro de Atacama, ubicado al Norte de Chile, los arqueólogos excavaron numerosas tumbas y, en la mayoría de ellas, se hallaron utensilios relacionados con la ingesta ritual de cebil (tabletas de rapé, tubos inhaladores, morteros para triturar las semillas y pipas), lo interesante de esto es que el cebil crece a varios cientos de kilómetros al oriente de esta región, justamente en las Sierras Subandinas de nuestro país y su continuación hacia Bolivia.

En el antiguo Perú, el cebil (Villca) cobró gran importancia religiosa, al punto que los sacerdotes de alta jerarquía y adivinos se les llamaba Villca Camayoc, a un santuario (huaca) lo llamaron Vilcacona, a una montaña adorada la nombraron Vilca Coto, un cordón montañoso de carácter sagrado se llamó y llama Vilcanota y quizá también la mítica ciudad de Vilcabamba ubicada en las proximidades de Machu Pichu esté relacionada con este nombre.
El nororiente argentino y oriente boliviano fueron los lugares de donde salía y se distribuía regionalmente el cebil, lo que implicó una compleja red de relaciones a través de rutas, sendas y caminos que fueron utilizados durante miles de años y que hoy apenas conocemos.

El dibujo de la esposa principal de uno de los gobernantes inkas sufría de lo que hoy se conoce como depresión, posiblemente fuera tratada con sustancias vegetales con propiedades psicotrópicas.
Grabado de Felipe Guamán Poma de Ayala, cronista de la época colonial.

Foto1 y Dibujo 2: Tomado de Schultes y Hofmann, 2000.


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Especies amenazadas

El cebil y el vínculo con los dioses

Actualmente, los cebilares catamarqueños ubicados en la sierra Ancasti están en un lento retroceso debido a la tala para leña y al sobrepastoreo.

El cebil (anadenanthera colubrina), es un árbol muy particular originario de Sudamérica. En la antigüedad, los Incas, los Tobas, los Lules, los Diaguitas y los Matacos utilizaban a este árbol como alucinógeno mediante sus semillas. Las tostaban y las molían en morteros para fumarlas con pipas de diferentes materiales y los chamanes hacían su uso para “comunicarse con los dioses”. Actualmente, los cebilares catamarqueños ubicados en la sierra Ancasti están en un lento retroceso debido a la tala para leña y al sobrepastoreo.

El cebil, conocido también como cebil colorado, vilca, huilco, angico, curupay y tantos otros nombres comunes dependiendo de la región, proviene de zonas tropicales y subtropicales. Habita principalmente en selvas y sabanas. En Argentina lo encontramos con más abundancia en selvas de transición con la región del Chaco, pero también es un habitante de lo más profundo de las selvas cálidas.

“En Catamarca crece en los departamentos Paclín, Santa Rosa, El Alto y Ancasti, distribuyéndose por la franja de las yungas. En la ladera oriental de la sierra Ancasti es muy abundante, conformando en grandes extensiones lo que se conoce como selva de transición”, explicó a Catamarca/12 el biólogo Gonzalo Martínez.

Se trata de un árbol de madera dura y tonalidad colorada en su interior. Puede crecer hasta los 25 metros de altura o más, dependiendo de las condiciones de humedad, suelo y luz. Gusta de suelos rocosos en las laderas, cumpliendo una función esencial: la fijación de estos suelos, evitando la erosión hídrica y los deslizamientos.

En primavera su copa se cubre de pequeñas flores aromáticas color crema, atrayendo a una gran variedad de especies polinizadoras. En el verano, gracias a la estación de lluvias, su copa se torna frondosa y de color verde oscuro. Produce vainas leñosas con semillas chatas, fáciles de germinar, aunque no todos los plantines logran su supervivencia hasta el estado adulto.

Martínez explica que “En la antigüedad, los Incas, los Tobas, los Lules, los Diaguitas y los Matacos utilizaban al cebil como alucinógeno mediante sus semillas. Las tostaban y las molían en morteros para fumarlas con pipas de diferentes materiales o bien preparaban bebidas. De esta manera, los chamanes hacían su uso para comunicarse con los dioses o los curanderos lo utilizaban con fines medicinales. Los efectos alucinógenos que provocaban las semillas podrían haber sido producto del mismo principio activo que posee el famoso cardón conocido como San Pedro, utilizado con los mismos fines”.

“Según investigaciones y observaciones personales, los cebilares de la sierra Ancasti están en un lento retroceso debido a la tala para leña y otros usos, pero en especial al sobrepastoreo que ejerce la ganadería. Las vacas se alimentan de todo a su paso, incluyendo los plantines de cebiles, evitando así que logren crecer nuevos árboles”, advirtió el biólogo.

En este contexto resaltó que “la ganadería extensiva y no controlada en ambientes naturales provoca enormes daños ambientales, pues se trata de animales introducidos en grandes cantidades en ecosistemas a los que no pertenecen. Sería fundamental tomar medidas de gestión, como la creación de áreas naturales protegidas y la regulación de la ganadería para la protección de los ecosistemas, teniendo en cuenta que dependemos de que ellos se mantengan saludables para nuestra supervivencia”, concluyó.

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Foto: Gonzalo Martinez, Pagina12

Anadenanthera colubrina

Plantae / Tracheophyta / Magnoliopsida / Fabales / Fabaceae / Anadenanthera / colubrina

Nombre común en español: En Argentina: curupay, cebil, cebil colorado, cebil colorado verrucoso, cebil moro, cebil blanco; en Brasil angico, angico blanco, angico-verdadeiro, angico-jacarè, angico-de-caroço, angico-preto, angico-de-casca, angico-vermelho.
Autor: (Vell.) Brenan, 1955
Sinónimos:
Piptademia macrocarpa (Anadenanthera colubrina)
Acacia cebil (Anadenanthera colubrina var. cebil)
Anadenanthera macrocarpa (Anadenanthera colubrina var. cebil)
Piptadenia cebil (Anadenanthera colubrina var. cebil)
Piptadenia macrocarpa (Anadenanthera colubrina var. cebil)
Piptadenia macrocarpa var. cebil (Anadenanthera colubrina var. cebil)
Mimosa colubrina (Anadenanthera colubrina var. colubrina)
Piptadenia colubrina (Anadenanthera colubrina var. colubrina)
Variedad/Subespecie:
Anadenanthera colubrina cebil
Anadenanthera colubrina colubrina




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